Sinopsis: Inspirada en hechos reales, la película aborda la vida de la líder religiosa Ann Lee, fundadora del Movimiento Shaker, la cual, a finales de la década de 1770, llegó a construir una de las sociedades religiosas utópicas más grandes en toda la historia de los Estados Unidos.
Dirigida por Mona Fastvold, pareja de Brady Corbet, el cual colabora aquí en las tareas de guion, "El testamento de Ann Lee" (2025) es un curioso y muy a contracorriente experimento artístico que privilegia la experiencia sensorial y simbólica sobre una narración de índole más clásica. La obra adopta un enfoque híbrido que combina el drama histórico con subyugantes coreografías musicales para abordar la vida y el legado de Ann Lee (1736-1784), fundadora de los Shakers (United Society of Believers in Christ’s Second Appearing), un grupo religioso cristiano surgido en Inglaterra en el siglo XVIII y que se desarrolló, sobre todo, en los Estados Unidos.
Conocidos por su estilo de vida comunitario y austero, estos Shakers debían
su nombre a sus excéntricos rituales, en donde los participantes convulsionaban
con una inusitada intensidad durante el culto. Estos temblores y
estremecimientos eran, supuestamente, sintomáticos de un proceso de
purificación al que se sometían conscientemente los adeptos, y a través del
cual el pecado era purgado completamente de sus cuerpos mediante el poder del
Espíritu Santo. Como puede apreciarse, aunque surgieron dentro del ambiente
cuáquero inglés, los Shakers llevarían sus postulados teológicos a un
extremo mucho más emocional y físico, introduciendo catárticas prácticas somáticas
que muy poco tenían que ver con los silenciosos y meditativos cultos de
aquéllos.
Éste es el motivo por el cual fueron considerados como una ramificación de carácter más radical, la cual evolucionaría de manera independiente gracias a la labor predicadora de Mother Ann, venerada por sus seguidores como una manifestación de Cristo en forma femenina. Los Shakers vivían en comunidades, practicaban un riguroso celibato que excluía tanto la sexualidad como el matrimonio, creían en la igualdad entre hombres y mujeres y compaginaban sus ritos diarios con el trabajo manual y la artesanía.
Es importante tener en cuenta que, aunque el clima religioso en la Inglaterra
del siglo XVIII era, en apariencia, más tolerante que en siglos anteriores, en
la práctica seguía siendo restrictivo, jerárquico y hostil hacia los grupos más
disidentes. Si bien la Ley de Tolerancia aprobada en 1689 permitió cierto
margen a grupos protestantes no anglicanos (los llamados "disidentes"),
esa tolerancia era, en realidad, parcial, puesto que excluía tanto a católicos
como a aquellos grupos que eran considerados demasiado “revolucionarios”. Así, a
colectivos como los cuáqueros (Religious Society of Friends), que eran
sistemáticamente discriminados, se les imponían considerables limitaciones a la
hora de ocupar cargos públicos. Más allá de los disidentes “aceptables”, no obstante,
había movimientos que generaban un especial rechazo, especialmente aquéllos que
promovían prácticas extáticas y contaban con líderes que afirmaban tener
revelaciones directas, como los Shakers.
El movimiento religioso promovido por Ann Lee era considerado no sólo
como una herejía por la Iglesia de Inglaterra, sino también como una potencial
amenaza al orden social y político establecido. Esto explica muy bien, como
puede apreciarse en la película, por qué grupos como los Shakers
acabarían emigrando a las colonias establecidas en América del Norte, en donde
había menos control estatal directo y tenían la posibilidad de fundar
comunidades propias en lugares como Nueva Inglaterra. Al fin y al cabo, América
había sido ya, desde el siglo XVII, destino de puritanos, cuáqueros y otros
disidentes, convirtiéndose en algo así como un “laboratorio” de experimentación
religiosa. Por ese motivo, Lee y sus seguidores pudieron allí
expandirse, crear asentamientos estables y desarrollar plenamente su sistema de
vida con mayor libertad.
Fastvold & Corbet articulan la estructura narrativa del filme
de manera fragmentaria y elíptica. Lejos de seguir un desarrollo lineal y
causal, organizan el relato en distintos bloques que recorren episodios
significativos de la vida de Ann Lee, desde su infancia en Manchester
hasta la fundación de la comunidad Shaker en Niskayuna, a unos 13 km. al
noroeste de Albany, Nueva York. Esta estrategia conlleva, irremediablemente,
una renuncia deliberada a una exposición psicológica tradicional, sustituida
aquí por una construcción bastante más abstracta del personaje basada en la
fisicidad, el gesto y, muy especialmente, la experiencia ritual. Dentro de esta
concepción, la película muestra la fe como una vivencia corporal antes que como
un sistema doctrinal de índole más ortodoxa.
En el plano técnico, "El testamento de Ann Lee" destaca
por una puesta en escena rigurosa, sobria y coherente con su propuesta
temática. La fotografía se caracteriza por un naturalismo austero que recurre a
una iluminación tenue en espacios primordialmente cerrados, generando así una
atmósfera opresiva que remite directamente al estado emocional de la
protagonista. Esta estética contribuye a construir una sensación de
verosimilitud que, sin embargo, va a verse tensionada en ciertos momentos a
causa de su marcada estilización visual, cercana a lo alucinatorio, que
constituye, desde mi punto de vista, lo más llamativo y destacable del filme.
El montaje, por su parte, refuerza el carácter fragmentario del relato mediante
el uso recurrente de elipsis que favorecen una lectura más sensorial que
narrativa de los acontecimientos mostrados en la pantalla.

Desde mi punto de vista, la interpretación de Amanda Seyfried constituye
uno de los pilares fundamentales del filme. Su trabajo adopta una dimensión
intensamente física, a través de la cual el cuerpo se convierte en el principal
vehículo de expresión dramática. Mediante movimientos, tensiones espasmódicas y
arrebatados estados de trance, la actriz construye una figura ambigua que
oscila entre la santidad y la alienación. La película, acertadamente, evita una
caracterización unívoca para reforzar la complejidad inherente al personaje
histórico.
En este sentido, uno de los aspectos más distintivos del filme son las
coreografías de la bailarina estadounidense Celia Rowlson-Hall. Las
secuencias de danza, inspiradas en las prácticas ritualistas reales de los Shakers,
lejos de cumplir un propósito meramente decorativo, desempeñan una función
estructural primordial dentro del relato, sustituyendo en muchos casos al
diálogo como medio de expresión. Dichas impactantes e hipnóticas coreografías,
caracterizadas por la repetición, la vehemente intensidad y el carácter
convulsivo de los movimientos, traducen visualmente la experiencia de trance
colectivo por la que transita la comunidad durante sus rituales.
Por otro lado, la minimalista y muy mántrica música del compositor
británico Daniel Blumberg, de estilo folk experimental, se
integra de manera orgánica en esta dimensión "performativa" a la que
aludía en el párrafo anterior. Inspirada en himnos y poemas tradicionales de
los Shakers, la banda sonora original de Blumberg establece, desde
una sensibilidad abiertamente contemporánea, una relación estrecha con la
imagen y el movimiento, contribuyendo sobremanera a la construcción de un
espacio sonoro profundamente inmersivo. Al igual que las coreografías, la
música funciona no sólo como motor narrativo, sino también como herramienta
emocional, erigiéndose, así, en el alma espiritual de la historia.
En lo que respecta a la fidelidad histórica, la película mantiene un sano equilibrio
entre el rigor contextual y la libertad interpretativa. Los elementos
fundamentales de la doctrina y la organización social de los Shakers,
tales como el celibato, la igualdad de género y la vida comunitaria, están
representados con notable precisión. Sin embargo, el filme adopta a la vez un
enfoque subjetivo que privilegia la dimensión interior de la experiencia
religiosa, evitando así posicionarse del todo, de manera explícita, sobre la
naturaleza de las visiones de Ann Lee. Esta ambigüedad permite múltiples
lecturas, desde una interpretación hagiográfica, de carácter místico, hasta una aproximación más crítica
que vincularía su devoción a la vida espiritual con su aversión a la sexualidad
y el trauma personal del personaje con relación a sus infructuosos intentos por
experimentar la maternidad.
Ubicada, deliberadamente, en los márgenes de la accesibilidad comercial, "El
testamento de Ann Lee" se configura como una obra de marcada
personalidad autoral que desafía por completo las convenciones del cine
histórico, el biopic y el musical más ortodoxo. Su apuesta por una
narrativa sensorial, apoyada en la integración de imagen, sonido y movimiento,
la convierte en una experiencia cinematográfica singular, si bien no exenta de
riesgos. Esto, por supuesto, acarrea algunas consecuencias que no siempre resultan
favorables para la obra en sí. Personalmente pude constatar cómo gran parte de
la audiencia congregada aquel día en la sala se levantaba frustrada durante la
proyección para abandonar el cine entre comentarios de sorna, disgusto e
indignación. Efectivamente, ésta no es una película para todos los públicos.
Incluso si se entra en la propuesta con paciencia e interés, como fue mi caso, factores
tales como su abultado metraje de más de dos horas, el carácter frío y distante
que permea la narración y la incuestionable excentricidad de sus generosos interludios
musicales pueden llegar a redundar en perjuicio de la propia obra, haciendo de su
visionado una experiencia tan única como no siempre del todo satisfactoria.
Esta indolente frialdad a la que hago referencia también marcaba el tono, por supuesto, del anterior proyecto del tándem Fastvold & Corbet, "El Brutalista" (2024), que guarda no pocas concomitancias con la película que aquí nos ocupa. Al fin y al cabo, ambas exploran las vicisitudes de inmigrantes europeos obligados a abandonar sus respectivos hogares para asentarse en tierras norteamericanas buscando una nueva oportunidad en el Nuevo Continente. Lejos de ser un camino de rosas, tanto Ann Lee como el arquitecto László Toth deben apelar a su capacidad de resiliencia para prosperar en un entorno tan ajeno como hostil. Todos estos paralelismos temáticos y de estilo unificarían ambos proyectos en un interesante, aunque también irregular, díptico sobre el reverso oscuro de un Sueño Americano, una vez más, excesivamente idealizado.
Mi calificación: ***/*****




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