domingo, 12 de abril de 2026

El testamento de Ann Lee (Mona Fastvold, 2025)


Sinopsis: Inspirada en hechos reales, la película aborda la vida de la líder religiosa Ann Lee, fundadora del Movimiento Shaker, la cual, a finales de la década de 1770, llegó a construir una de las sociedades religiosas utópicas más grandes en toda la historia de los Estados Unidos. 

Dirigida por Mona Fastvold, pareja de Brady Corbet, el cual colabora aquí en las tareas de guion, "El testamento de Ann Lee" (2025) es un curioso y muy a contracorriente experimento artístico que privilegia la experiencia sensorial y simbólica sobre una narración de índole más clásica. La obra adopta un enfoque híbrido que combina el drama histórico con subyugantes coreografías musicales para abordar la vida y el legado de Ann Lee (1736-1784), fundadora de los Shakers (United Society of Believers in Christ’s Second Appearing), un grupo religioso cristiano surgido en Inglaterra en el siglo XVIII y que se desarrolló, sobre todo, en los Estados Unidos. 

 


Conocidos por su estilo de vida comunitario y austero, estos Shakers debían su nombre a sus excéntricos rituales, en donde los participantes convulsionaban con una inusitada intensidad durante el culto. Estos temblores y estremecimientos eran, supuestamente, sintomáticos de un proceso de purificación al que se sometían conscientemente los adeptos, y a través del cual el pecado era purgado completamente de sus cuerpos mediante el poder del Espíritu Santo. Como puede apreciarse, aunque surgieron dentro del ambiente cuáquero inglés, los Shakers llevarían sus postulados teológicos a un extremo mucho más emocional y físico, introduciendo catárticas prácticas somáticas que muy poco tenían que ver con los silenciosos y meditativos cultos de aquéllos. 

Éste es el motivo por el cual fueron considerados como una ramificación de carácter más radical, la cual evolucionaría de manera independiente gracias a la labor predicadora de Mother Ann, venerada por sus seguidores como una manifestación de Cristo en forma femenina. Los Shakers vivían en comunidades, practicaban un riguroso celibato que excluía tanto la sexualidad como el matrimonio, creían en la igualdad entre hombres y mujeres y compaginaban sus ritos diarios con el trabajo manual y la artesanía. 




Es importante tener en cuenta que, aunque el clima religioso en la Inglaterra del siglo XVIII era, en apariencia, más tolerante que en siglos anteriores, en la práctica seguía siendo restrictivo, jerárquico y hostil hacia los grupos más disidentes. Si bien la Ley de Tolerancia aprobada en 1689 permitió cierto margen a grupos protestantes no anglicanos (los llamados "disidentes"), esa tolerancia era, en realidad, parcial, puesto que excluía tanto a católicos como a aquellos grupos que eran considerados demasiado “revolucionarios”. Así, a colectivos como los cuáqueros (Religious Society of Friends), que eran sistemáticamente discriminados, se les imponían considerables limitaciones a la hora de ocupar cargos públicos. Más allá de los disidentes “aceptables”, no obstante, había movimientos que generaban un especial rechazo, especialmente aquéllos que promovían prácticas extáticas y contaban con líderes que afirmaban tener revelaciones directas, como los Shakers.

El movimiento religioso promovido por Ann Lee era considerado no sólo como una herejía por la Iglesia de Inglaterra, sino también como una potencial amenaza al orden social y político establecido. Esto explica muy bien, como puede apreciarse en la película, por qué grupos como los Shakers acabarían emigrando a las colonias establecidas en América del Norte, en donde había menos control estatal directo y tenían la posibilidad de fundar comunidades propias en lugares como Nueva Inglaterra. Al fin y al cabo, América había sido ya, desde el siglo XVII, destino de puritanos, cuáqueros y otros disidentes, convirtiéndose en algo así como un “laboratorio” de experimentación religiosa. Por ese motivo, Lee y sus seguidores pudieron allí expandirse, crear asentamientos estables y desarrollar plenamente su sistema de vida con mayor libertad.



Fastvold
& Corbet articulan la estructura narrativa del filme de manera fragmentaria y elíptica. Lejos de seguir un desarrollo lineal y causal, organizan el relato en distintos bloques que recorren episodios significativos de la vida de Ann Lee, desde su infancia en Manchester hasta la fundación de la comunidad Shaker en Niskayuna, a unos 13 km. al noroeste de Albany, Nueva York. Esta estrategia conlleva, irremediablemente, una renuncia deliberada a una exposición psicológica tradicional, sustituida aquí por una construcción bastante más abstracta del personaje basada en la fisicidad, el gesto y, muy especialmente, la experiencia ritual. Dentro de esta concepción, la película muestra la fe como una vivencia corporal antes que como un sistema doctrinal de índole más ortodoxa.

En el plano técnico, "El testamento de Ann Lee" destaca por una puesta en escena rigurosa, sobria y coherente con su propuesta temática. La fotografía se caracteriza por un naturalismo austero que recurre a una iluminación tenue en espacios primordialmente cerrados, generando así una atmósfera opresiva que remite directamente al estado emocional de la protagonista. Esta estética contribuye a construir una sensación de verosimilitud que, sin embargo, va a verse tensionada en ciertos momentos a causa de su marcada estilización visual, cercana a lo alucinatorio, que constituye, desde mi punto de vista, lo más llamativo y destacable del filme. El montaje, por su parte, refuerza el carácter fragmentario del relato mediante el uso recurrente de elipsis que favorecen una lectura más sensorial que narrativa de los acontecimientos mostrados en la pantalla.


Desde mi punto de vista, la interpretación de Amanda Seyfried constituye uno de los pilares fundamentales del filme. Su trabajo adopta una dimensión intensamente física, a través de la cual el cuerpo se convierte en el principal vehículo de expresión dramática. Mediante movimientos, tensiones espasmódicas y arrebatados estados de trance, la actriz construye una figura ambigua que oscila entre la santidad y la alienación. La película, acertadamente, evita una caracterización unívoca para reforzar la complejidad inherente al personaje histórico.

En este sentido, uno de los aspectos más distintivos del filme son las coreografías de la bailarina estadounidense Celia Rowlson-Hall. Las secuencias de danza, inspiradas en las prácticas ritualistas reales de los Shakers, lejos de cumplir un propósito meramente decorativo, desempeñan una función estructural primordial dentro del relato, sustituyendo en muchos casos al diálogo como medio de expresión. Dichas impactantes e hipnóticas coreografías, caracterizadas por la repetición, la vehemente intensidad y el carácter convulsivo de los movimientos, traducen visualmente la experiencia de trance colectivo por la que transita la comunidad durante sus rituales. 


Por otro lado, la minimalista y muy mántrica música del compositor británico Daniel Blumberg, de estilo folk experimental, se integra de manera orgánica en esta dimensión "performativa" a la que aludía en el párrafo anterior. Inspirada en himnos y poemas tradicionales de los Shakers, la banda sonora original de Blumberg establece, desde una sensibilidad abiertamente contemporánea, una relación estrecha con la imagen y el movimiento, contribuyendo sobremanera a la construcción de un espacio sonoro profundamente inmersivo. Al igual que las coreografías, la música funciona no sólo como motor narrativo, sino también como herramienta emocional, erigiéndose, así, en el alma espiritual de la historia.



En lo que respecta a la fidelidad histórica, la película mantiene un sano equilibrio entre el rigor contextual y la libertad interpretativa. Los elementos fundamentales de la doctrina y la organización social de los Shakers, tales como el celibato, la igualdad de género y la vida comunitaria, están representados con notable precisión. Sin embargo, el filme adopta a la vez un enfoque subjetivo que privilegia la dimensión interior de la experiencia religiosa, evitando así posicionarse del todo, de manera explícita, sobre la naturaleza de las visiones de Ann Lee. Esta ambigüedad permite múltiples lecturas, desde una interpretación hagiográfica, de carácter  místico, hasta una aproximación más crítica que vincularía su devoción a la vida espiritual con su aversión a la sexualidad y el trauma personal del personaje con relación a sus infructuosos intentos por experimentar la maternidad.

Ubicada, deliberadamente, en los márgenes de la accesibilidad comercial, "El testamento de Ann Lee" se configura como una obra de marcada personalidad autoral que desafía por completo las convenciones del cine histórico, el biopic y el musical más ortodoxo. Su apuesta por una narrativa sensorial, apoyada en la integración de imagen, sonido y movimiento, la convierte en una experiencia cinematográfica singular, si bien no exenta de riesgos. Esto, por supuesto, acarrea algunas consecuencias que no siempre resultan favorables para la obra en sí. Personalmente pude constatar cómo gran parte de la audiencia congregada aquel día en la sala se levantaba frustrada durante la proyección para abandonar el cine entre comentarios de sorna, disgusto e indignación. Efectivamente, ésta no es una película para todos los públicos. Incluso si se entra en la propuesta con paciencia e interés, como fue mi caso, factores tales como su abultado metraje de más de dos horas, el carácter frío y distante que permea la narración y la incuestionable excentricidad de sus generosos interludios musicales pueden llegar a redundar en perjuicio de la propia obra, haciendo de su visionado una experiencia tan única como no siempre del todo satisfactoria. 


Esta indolente frialdad a la que hago referencia también marcaba el tono, por supuesto, del anterior proyecto del tándem Fastvold & Corbet, "El Brutalista" (2024), que guarda no pocas concomitancias con la película que aquí nos ocupa. Al fin y al cabo, ambas exploran las vicisitudes de inmigrantes europeos obligados a abandonar sus respectivos hogares para asentarse en tierras norteamericanas buscando una nueva oportunidad en el Nuevo Continente. Lejos de ser un camino de rosas, tanto Ann Lee como el arquitecto László Toth deben apelar a su capacidad de resiliencia para prosperar en un entorno tan ajeno como hostil. Todos estos paralelismos temáticos y de estilo unificarían ambos proyectos en un interesante, aunque también irregular, díptico sobre el reverso oscuro de un Sueño Americano, una vez más, excesivamente idealizado.      

Mi calificación: ***/*****

No hay comentarios:

Publicar un comentario