Sinopsis: Mariano De Santis (Toni Servillo), presidente de la República italiana, es un veterano político demócrata, humanista y católico, que de repente comienza a dudar sobre varias importantes decisiones que debe tomar antes de que finalice su mandato, muy especialmente la apremiante aprobación de una ley de la eutanasia, lo cual le planteará un gran dilema moral.
"La Grazia" vuelve a reconciliarnos con el cine del napolitano Paolo Sorrentino, después de su alargado periodo de obnubilado ensimismamiento en el pasado y presente de su ciudad natal, etapa durante la cual encadenó una serie de proyectos a cada cual más irregular; no sólo carecían de un contenido especialmente interesante, sino que, además, se resentían sobremanera de una cargante artificiosidad en lo que respecta a su envoltorio formal. Dotado de una sensibilidad marcadamente posmoderna, Sorrentino ha tendido siempre al manierismo, pero en todos sus grandes trabajos, como esa inmensa obra maestra que es "La gran belleza" (2013), se equilibraba con un sugerente discurso que no se veía nunca opacado por los excesos de sus característicos estilemas.
Dicho equilibrio, por desgracia, parecía haberse diluido ya por completo en sus dos últimas películas, lastradas por una prédica excesivamente errática y una desazonadora tendencia a la excentricidad estridente, el abigarramiento estilístico y un sentido algo desmesurado de la autocomplacencia por parte del cineasta. Le ocurrió en la muy banal "Fue la mano de Dios" (2021) y, sobre todo, en esa caprichosa, frívola y algo exasperante veleidad que llevaba por título "Parthenope" (2024). En ambos casos, el vacuo ejercicio de ostentación formal acababa imponiéndose por encima de un fondo no especialmente enjundioso, incapaz de dejar poso en su irrelevante anecdotismo.
"La Grazia", por el contrario, nos muestra a un Sorrentino algo más comedido, algo más equilibrado y, sobre todo, muchísimo más maduro y reflexivo que en sus dos anteriores proyectos. El
de Nápoles articula aquí su discurso en torno a una tesis ya abiertamente
establecida en su título, la "gracia", entendida ésta, tal y como revela
el personaje al que da vida un inmenso Toni Servillo,
como "la belleza de la duda". La duda de un presidente (ficticio) de la
República italiana que se debate entre aprobar o no una ley a favor de
la eutanasia; la duda acerca de a cuál de los dos presos culpables de
homicidio indultar; la duda sobre quién fue, realmente, la persona con
la que su fallecida esposa le fue infiel hace ya varias décadas; o la duda que
surge ante su manifiesta incapacidad por comprender realmente a sus propios hijos.
Si bien pudiera parecer una película política, en
realidad "La Grazia" va mucho más allá de los confines de ese género para celebrar la duda como
una opción moral razonable en un mundo como éste en donde las certezas
se tambalean cada vez más, a todos los niveles. Existe, ciertamente,
algo hermoso en el acto de la duda que está ausente en el totalitarismo
de la certeza, y que deriva de una actitud receptiva al cambio, a no
dejarse definir y limitar por etiquetas estancas. Sorrentino explora su tesis usando como lienzo el rostro de un Toni Servillo cuyos silencios están más cargados de verdad que sus ocasionales líneas de diálogo. Apodado "Hormigón Armado" por su rectitud, seriedad y apego a la ley, el presidente Mariano De Santis
transita por los últimos meses de su mandato sumido en una
incertidumbre paralizante que le hará replantearse su relación con las
personas que lo rodean. Empieza su viaje vital con una pesada mochila
que irá volviéndose cada vez más liviana conforme va reconociendo y
abrazando todas esas dudas que lo inmovilizan.
La música ha jugado siempre un importante papel en el cine de Sorrentino, y en este caso el soundtrack se nutre de aportaciones tan variopintas (y generalmente acertadas) como las de Alva Noto, Ryuichi Sakamoto, Luke Howard, Pierre Henry, Hania Rani y, muy especialmente, Jóhann Jóhannsson, cuyo tema "A Sparrow Alighted upon our Shoulder" es utilizado por el cineasta para dar voz a la tesis de su película. Esta
decisión no estaría, en absoluto, sujeta a un arbitrio voluble por parte del director. La pieza de este gran compositor islandés, minimalista, contemplativa y con una
carga emocional contenida, pero a la vez muy profunda, crea
una conveniente atmósfera de suspensión, casi como si el tiempo no avanzara,
funcionando así en el filme como una memoria, un instante detenido en la antesala de
la duda. A través de esta exquisita composición, parece estar exteriorizándose el mundo interior del protagonista, conocido por su incapacidad para abrirse y mostrar sus sentimientos.
Lejos, pues, de ser un ornamento tan trivial como innecesario, resultará esencial a la hora de vehicular todo aquello que De Santis no es capaz de expresar por sí mismo.
El
hecho, además, de que "A Sparrow Alighted upon our Shoulder" carezca de un pulso claro o
de una dirección marcada, contribuye a crear en el espectador una
expectativa a la que se le niega constantemente una resolución, induciéndolo así a un
estado contemplativo en donde no hay lugar para la certeza. La música de Jóhannsson parece
estar invitándonos a habitar la duda como un estado tranquilo,
sutilmente bello, donde nada está completamente definido, por más que
tampoco necesite estarlo. Es por este motivo que su inclusión en la
película constituye un acierto mayúsculo, al adquirir, en conjunción con las imágenes, un valor
dramatúrgico incuestionable dentro de la narrativa del filme.
El muy inteligente uso de la música por parte de Sorrentino constituye, sin lugar a dudas, uno de los logros más destacables de "La Grazia". No obstante, es necesario advertir que también van a encontrarse en el playlist las inevitables concesiones, mucho más discutibles, a esa
extravagancia tan sui géneris con la que el de Nápoles rubrica su idiosincrásico estilo, incluyendo bochornosos exabruptos esputados por el rapero italiano de rigor. Por fortuna, tales esporádicas intrusiones del mal gusto se encuentran aquí, por lo general, muy dosificadas y siempre al servicio de una
narrativa bastante nivelada.
Dentro del apartado visual, la película ofrece ocasionales momentos de fantasmagórica belleza, como los que se corresponden con los instantes en los que el protagonista evoca en su memoria el recuerdo de su mujer caminando al fondo por el campo, más allá de las hileras de raquíticos árboles que flanquean el camino desde el que se ubica la cámara y, con ella, la mirada del espectador. El director filma la naturaleza como un estado intermedio entre el sueño y la vigilia, empañando las vaporosas imágenes de un cromatismo liminar y cuasi-sobrenatural. En otros momentos, Sorrentino prioriza la geométrica perfección de las líneas rectas que bosquejan el paisaje urbano por donde se desenvuelve el personaje del presidente para subrayar ese carácter hermético, rígido y severo que lo caracteriza.
Como puede apreciarse tras este somero análisis, encontramos en "La Grazia" decisiones, tanto estéticas como narrativas, que están muy sopesadas, muy ponderadas, y que suman valor artístico a una obra de encomiable madurez, inteligencia y sensibilidad. Para el recuerdo quedará esa experiencia de la ingravidez a través de la música que experimentará el presidente cuando empieza a tomar consciencia de todo aquel lastre que había cargado sobre sus hombros durante tanto tiempo y que, al fin, había dejado de frenar ya sus pasos. Sorrentino lleva a su personaje, y con él también al espectador, a la comprensión de que unicamente a través de la duda podemos llegar al verdadero conocimiento, aquél que se revela tan inmutable como fugaz y que precisa de una constante re-evaluación. Es en ese estado de liviandad ontológica que podemos libramos de la necesidad de vivir en la certeza para reconocer que, como ya proclamaba aquel gran filósofo heleno impulsor de la mayéutica, en realidad no sabemos nada.
Mi calificación: ***1/2 sobre *****



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