martes, 5 de mayo de 2026

El sonido de la caída (Mascha Schilinski, 2025)

 

Sinopsis: Cuatro niñas, cada una en un contexto histórico distinto, pasan su juventud en la misma granja al norte de Alemania. A medida que la casa evoluciona a lo largo de un siglo, los ecos del pasado perduran en sus paredes. Aunque separadas por el tiempo, sus vidas empiezan a reflejarse.

Ganadora del premio del jurado en la pasada edición del Festival de Cannes, “In die Sonne schauen” es una de las propuestas más singulares que hayamos podido ver en una sala de cine en lo que llevamos de año. Lo es, además, a múltiples niveles, como se verá más adelante. La laureada propuesta de la directora alemana Mascha Schilinski articula un tan ambicioso como, también, algo irregular dispositivo narrativo que entrelaza las historias de cuatro chicas (Alma, Erika, Angelika y Lenka) de generaciones distintas a lo largo de un siglo en un mismo espacio rural, una granja (Vierseithof) de Sajonia-Anhalt ubicada al norte de Alemania. Esto le permite a la directora diluir la linealidad del tiempo para reconfigurarlo a su antojo, saltando constantemente de un periodo histórico a otro para explorar, a modo de hilo conector, su tesis sobre la persistencia del trauma y la memoria intergeneracional.
 


La película parte de la premisa de que los lugares son depositarios de la remembranza y la aflicción instalada en el inconsciente colectivo. En este espacio físico en el que transcurre la historia las distintas protagonistas, que funcionan como reflejos espejados unas de otras, se enfrentan a su propia identidad, transformando a través de sus experiencias una vivienda que, pese a ser siempre (en teoría) la misma, en realidad va a ir adquiriendo una semiótica diferente en cada una de las épocas. La directora establece, sobre esta base, una sugerente reflexión sobre la búsqueda de quienes somos a través de quienes nos precedieron.  

La decisión de convertir el espacio en eje vertebrador de las distintas temporalidades hace que la película funcione como una suerte de “archivo emocional” donde se van a ir sedimentando y reapareciendo las distintas experiencias vividas por dichos personajes a lo largo de un dilatado periodo de tiempo que entrelaza los años previos a la Gran Guerra, el final de la Segunda Guerra Mundial, las décadas de los sesenta-setenta en la Alemania Oriental y, por último, un presente indefinido. El filme, no obstante, explora el concepto del trauma como una irrevocable impronta común, quizás genealógica, ignorando deliberadamente la coyuntura sociopolítica que moldea la tribulación humana durante el transcurso de los siglos. Esta concepción transforma el relato en una especie de poema fílmico sobre la perpetuación del dolor a través de las diferentes generaciones, como si las almas de estas mujeres arrastraran el peso de una memoria colectiva.   
 

Esta estructura no lineal del filme, lejos de ser un mero artificio, respondería a una lógica perceptiva: el tiempo no se presenta como una sucesión de acontecimientos sino, más bien, como una superposición de los mismos. A Schilinski no le interesa tanto la experiencia individual de sus personajes como la experiencia colectiva, y este planteamiento global del discurso constituye, desde mi punto de vista, el mayor acierto de la película. Por sí misma, ninguna de las historias individuales reviste especial interés, y éste sería uno de los grandes problemas que podría achacarle a “In die Sonne schauen”. Sin embargo, una vez que el conjunto de estas memorias personales se integra en este gran tapiz secular urdido en los diferentes espacios del Vierseithof, la película adquiere una dimensión cuasiepopéyica no exenta de cierta encomiable trascendencia.

La textura de la imagen, en este sentido, contribuye a generar una sensación de continuidad entre épocas, diluyendo las fronteras temporales y potenciando la marcada dimensión sensorial del relato. Otro importante elemento de cohesión es la elección de un formato de imagen casi cuadrado (relación de aspecto 4:3), que nos remite a una estética clásica, muy de época. En lo que respecta a la fotografía, ésta suele ser un elemento fundamental en este tipo de propuestas artísticas, y en este caso la labor de Fabian Gamper es impecable. La cámara no se limita a registrar, sino que se adentra en lo quimérico para invocar presencias, creando una atmósfera vaporosa en donde coexisten lo visible y lo invisible. El uso de la luz, muy especialmente en exteriores, impregna la imagen de una cualidad espectral, como de tiempo suspendido, y todo este tratamiento visual refuerza la idea de un espacio habitado por fantasmagóricos “ecos” del pasado.

  

El diseño sonoro merece igualmente una mención destacada en tanto que, más allá de limitarse a acompañar la imagen, articula toda una red de correspondencias entre los diferentes personajes y tiempos históricos. A lo largo del filme pueden apreciarse sonidos ambientales, drones y texturas densas recurrentes en la narración; dichos efectos funcionarían como vectores de conexión entre las distintas historias, potenciando la idea de una memoria que persiste más allá de lo visible. En este sentido, la película parece estar invitándonos a que, como espectadores, escuchemos atentamente el espacio, sugiriendo que el sonido actúa como un mediador entre lo físico y lo espiritual. Esta estrategia contribuye a crear una experiencia, por momentos, sumamente inmersiva, induciéndonos a un hipnótico estado de percepción expandida. Esto puede constatarse, muy especialmente, en una embelesadora secuencia subacuática y, también, en la arrebatadora secuencia final, en donde la caída se transmuta en ascensión.   

Desgraciadamente, y a pesar de todos sus incuestionables logros desde una perspectiva más holística, “In die Sonne schauen” no está exenta de algunas taras, ciertamente inapelables, cuando consideramos cada uno de sus microrelatos de manera aislada. Por sí solos, ninguno de ellos resulta especialmente interesante, acusando un desarrollo dramático a todas luces insuficiente y una excesiva frialdad en el tratamiento de los personajes principales. Todo esto termina boicoteando cualquier denodado intento por implicarse emocional o intelectualmente en sus respectivas cuitas, las cuales inducen, por el contrario, a un estado de rotunda indiferencia. En realidad, todas las distintas líneas narrativas aparecen más como viñetas fragmentadas que como relatos autónomos, lo cual tampoco facilita la complicidad del espectador. El carácter anecdótico de muchos de estos episodios acaba generando, así, una tediosa sensación de distancia e indolencia ante un cúmulo de acontecimientos dispersos que carecen de la construcción dramática necesaria. Esta sensación de estancamiento se vería, además, agravada por un letárgico sentido del ritmo y una excesiva elongación del metraje.


Como consecuencia, podríamos considerar la película de Mascha Schilinski como un elegante (y algo desapasionado también) collage, a ratos absolutamente fascinante, pese a estar construido a partir de fragmentos, en su mayoría, tan intrascendentes como la disyuntiva de tener que elegir entre el sabor a vainilla o fresa. En última instancia, “In die Sonne schauen” funcionaría mejor como experiencia estética que como relato dramático, gracias a su capacidad para construir un universo sensorial coherente y, a ratos, profundamente evocador, por más que se eche en falta un equilibrio más sólido entre forma y contenido. Si bien la propuesta global resulta interesante, la directora apela en exceso a nuestra paciencia con subtramas que, lejos de aportar algo nuevo, original, diferente y con atisbos de profundidad, redundan obcecadamente en los mismos tópicos comunes en este tipo de narrativas de género. Como consecuencia, al final los logros estéticos acaban opacando su raquítico esbozo de historia.

En conclusión, confieso que la película me ha dejado con una sensación un tanto agridulce. El planteamiento me parece sumamente atractivo y encuentro algunos momentos aislados que despuntan por sus apabullantes méritos estéticos. Hay, sin lugar a dudas, instantes de CINE con mayúsculas en esta peculiar propuesta, por más que éstos no se prodiguen tanto como a mí me habría gustado. Por el contrario, hay muchas otras secuencias que se alargan demasiado para su propio bien y que no suscitan, en lo narrativo, el interés suficiente como para sostener tan caprichoso ensayo durante sus dos horas y media de metraje. Los personajes sobre los que recae el peso de la trama no están lo suficientemente perfilados como para que podamos realmente adentrarnos en su mundo emocional e interesarnos por ellos, lo cual frustra reiteradamente cualquier voluntad por atravesar el gélido muro que los separa de nosotros como espectadores. Todas estas cuestiones redundan, en definitiva, en detrimento de una obra algo sobredimensionada que se muestra incapaz de abstraerse de su propio autoensimismamiento.

Mi calificación: *** ½ sobre ***** 

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