Sinopsis: A una treintena de personas de una misma familia se les informa de que van a heredar una casa abandonada desde hace años. Cuatro de ellos reciben el encargo de hacer el inventario de la casa, donde descubrirán tesoros ocultos. Entre las antigüedades se encuentran con una misteriosa antepasada, Adèle (Suzanne Lindon), que abandonó su Normandía natal a los 20 años para viajar, a la búsqueda de una madre a la que nunca llegó a conocer, al París de finales del siglo XIX, en plena revolución industrial, tecnológica y cultural, coincidiendo con la efervescencia del movimiento impresionista y las innovaciones en el arte de la fotografía.
El realizador, actor, productor y guionista francés Cédric Klapisch combina humor liviano, sutiles pinceladas de melodrama familiar, reflexión artística, viajes temporales entre el París contemporáneo y el de fin de siècle e incluso algo de terapia sistémica en una hermosa y exquisita fábula sobre la importancia de comprender nuestro pasado, de dónde venimos, para poder avanzar hacia adelante con convicción y firmeza. La película, como puede apreciarse, medita sobre una idea que ya se encontraba presente en el filme "El sonido de la caída" (2025) de Mascha Schilinski: la búsqueda de la propia identidad a través de quienes nos precedieron.
La historia arranca cuando una gran familia descubre que ha heredado una vieja casa abandonada desde hace décadas en Normandía. Cuatro parientes, que apenas se conocen entre sí, son enviados a catalogar y vaciar la vivienda. A medida que revisan objetos, fotografías y documentos antiguos, irán encontrando rastros de una misteriosa antepasada llamada Adèle, una joven que abandonó la apacible vida rural para marcharse al efervescente París de la Belle Époque durante la segunda mitad del siglo XIX en busca de una madre a la que nunca llegó a conocer. Sus pesquisas verterán una luz reveladora no sólo sobre la causa por la que su madre la dejara al cuidado de su abuela poco después de su nacimiento, sino también respecto a la enigmática identidad de la figura paterna.
El director aprovechará esta coyuntura histórica para recrear, con exquisita delicadeza, el nacimiento del arte moderno, la revolución industrial, los inicios de la fotografía y el ambiente bohemio parisino de finales de siglo. Ni que decir tiene, el guion, firmado por el propio Klapisch en colaboración con Santiago Amigorena se toma ciertas licencias creativas que son, hasta cierto punto, inevitables en este tipo de proyectos, muy especialmente en su reimaginación de las circunstancias que rodearon a la concepción de la obra que, indirectamente, contribuyó a darle nombre al movimiento impresionista, "Impression, soleil levant" (1872) de Claude Monet (1840-1926), la cual tendrá un peso especial en la trama. Afortunadamente, está todo expuesto de tal manera que nunca se llega a menoscabar nuestra connivencia como espectadores.
La película va a alternar, pues, dos líneas temporales en relación de paralelismo: por un lado, la del presente, que sirve de detonante para toda la investigación de índole genealógica sobre el linaje familiar y la vida de Adèle; por otro, la del pasado, que nos revela la vida de esa joven en el París que vio nacer el Impresionismo, la fotografía moderna (la cual, por cierto, sentará las bases del cinematógrafo) y, en definitiva, toda una nueva sensibilidad artística. Grandes personalidades como Monet, Pierre-Auguste Renoir (1841-1919), Gaspard-Félix Tournachon (1820-1910), Sarah Bernhardt (1844-1923), o el mismísimo Víctor Marie Hugo (1802-1885), entre otros, van a ir desfilando por la pantalla en una simpática evocación de un pasado refulgente que pudiera recordar vagamente a la ya ofrecida por el genial Woody Allen en aquella obra maestra titulada "Midnight in Paris" (2011).
En uno de los momentos más brillantes del filme, ambas líneas de tiempo van a converger a raíz de una toma grupal de ayahuasca, dando pie a una secuencia psicotrópica tan divertida como, a la vez, profundamente espiritual. Bajo los efectos alucinógenos de la dimetiltriptamina, los protagonistas diluyen las barreras del tiempo y el espacio para trasladarse a la que, posiblemente, se trate de la primera exposición impresionista celebrada en París de abril a mayo de 1874 y organizada por la Société anonyme coopérative des artistes peintres, sculpteurs et graveurs. Dicha presentación, que marcó un antes y un después en lo concerniente a la independencia del artista con respecto a los dictámenes de la Academia de Bellas Artes francesa (en buena medida refractaria a las innovaciones propuestas por los impresionistas), congregaría a pintores insurrectos de la talla de Monet, Renoir, Edgar Degas (1834-1917), Berthe Marie Pauline Morisot (1841-1895), Jacob Abraham Camille Pissarro (1830-1903), Alfred Sisley (1839-1899) o Paul Cézanne (1839-1906). La película incluso se toma la licencia de invitar a la misma al grandísimo novelista romántico francés Victor Hugo en una de las secuencias más abiertamente surrealistas de toda la película.
Uno de los grandes aciertos de "Los colores del tiempo" es, precisamente, cómo se sirve de lugares concretos de la capital para contrastar el París moderno con el antiguo, tendiendo un puente fugaz entre líneas de tiempo diferentes que permite apreciar la profunda interconexión entre pasado y presente. Cédric Klapisch nos muestra cómo cada época “ve” el mundo de manera distinta, utilizando el arte y los avances tecnológicos disponibles para representar una concepción de la realidad que está en continua transformación y re-evaluación. El filme despunta por un cuidado afán pictórico ya desde los mismos créditos de inicio, proponiendo al espectador una experiencia sensorial sumamente inmersiva que celebra, muy especialmente, la inefable estética impresionista, ensalzando la sensibilidad artística de cada época como un testimonio inmarcesible de la ilimitada creatividad humana.
Cada tiempo, cada época, tiene su "color", parece estar diciéndonos Klapisch, y el arte es un reflejo preciso y certero de esa pigmentación. Al yuxtaponer dos etapas, dos momentos históricos diferentes, pero complementarios, el director enriquece la paleta cromática de su historia para reivindicar el arte como una forma de supervivencia y, también, para mostrar cómo el pasado sigue influyendo en el presente incluso cuando ya nadie lo recuerda claramente. Esto permitirá al cineasta llevar su premisa un paso más allá todavía, planteando una suerte de constelación familiar en donde los distintos personajes del presente, a medida que van ahondando en la vida de Adèle y vislumbrando las raíces de su árbol genealógico, podrán comprender mejor su ubicación en el mismo, así como también, ya de paso, sanar aquello que, de alguna manera, pudiera estar saboteando su evolución, ya sea en el ámbito profesional, sentimental o, directamente, existencial.
"Los colores del tiempo" es un relato coral profundamente humanista. Parte de un marco histórico irrepetible para cavilar sobre la interconexión generacional dentro del árbol familiar. El fortuito descubrimiento de una antepasada arropada en la mortaja del olvido sirve de pretexto para un viaje emocional que va a conectar a diversas generaciones a través del tiempo, los espacios de la capital parisina y una necesidad, muy humana, de dejar huella a través de quienes somos. Al final, los periplos vitales que recorremos a lo largo de los siglos no son tan distintos los unos de los otros, hasta tal punto que siempre podemos reconocernos y encontrar una guía, e incluso inspiración, en las tribulaciones y los aprendizajes de las personas que nos antecedieron.
Klapisch consigue así algo tan loable como inusual en estos tiempos que corren: conmover con elegancia sin caer en el sentimentalismo más ordinario, divertir, intrigar e incluso inducir a la reflexión en sus dos horas de metraje, manteniendo nuestro interés hasta la hermosa catarsis final. Es, en cierto modo, una película de impresiones; una que, al igual que los movimientos artísticos de vanguardia surgidos en Francia durante la segunda mitad del siglo XIX, prioriza la luz y el color por encima de la precisión de sus formas. Es justo esa indagación de lo intangible lo que eleva esta propuesta por encima de lo meramente atávico para apelar a una necesidad mucho más profunda de unidad que trasciende cualquier posible limitación de tiempo y espacio.
Mi calificación: ****1/2 sobre *****





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