Seguro que muchos os habréis encontrado alguna vez en la tesitura de criticar un cierto tipo de cine de autor, aportando argumentos tales como que el cine de tal señor "es intelectualoide, pretencioso, pedante, aburrido, un coñazo, etc etc"; o afirmar públicamente que os encantan algunas películas comerciales como "TRON: Legacy" o "The Karate Kid", ambas de este año, y recibir el desprecio condescendiente del acompañante "gafapasta" de rigor, que arremeterá contra vosotros tachándoos de "incultos, ignorantes, simples, infantiles, etc etc".
Curiosamente, hoy día la situación parece haberse invertido hasta el punto de que, lo más normal, es encontrar actitudes igualmente radicales e intransigentes, pero desde el otro extremo de la balanza. Personalmente, cada vez es más frecuente encontrarme, especialmente en las redes sociales, con personas que arremeten, a menudo injustificadamente y con virulento desdén, contra todo cine con visos de trascendencia y que no se doblegue a los postulados del cine comercial hollywoodiense. Sentencian que "el principal objetivo del cine es entretener", y para estas personas el cine no puede, ni debe, aspirar a otra cosa que no sea ayudarlas a "desconectar las neuronas" y olvidarse de sus problemas cotidianos durante dos horas. Algo, por otro lado, muy respetable. ¿A quién no le gusta, al fin al cabo, entretenerse viendo una película? No, ahí no está el problema.